Me niego a ser invisible. (desnudo integral)

Marcha de las putas

Marcha de las putas

De ante mano advierto que las siguientes líneas las escribo desde la rabia que me brota como lagrimas y que hace que me hierva la cabeza y aunque me apene no tener discursos grandilocuentes esto es lo que tengo que decir.

Soy Joyce Jandette, 25 años, mujer, mexicana, desempleada, desertora de la Escuela Superior de Música en el 9° y último año (promedio: 9.2),  vetada de la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez con la calumnia de “mala conducta”… A mi me parece suficiente respuesta a la pregunta de ¿Cómo has vivido la violencia? Pero lo que quieren oír es que fui violada o que cuando un hombre me gritó por la calle alguna obscenidad quedé traumatizada…Y es que hoy día la única violencia que se reconoce es la que sale en las fotos, la sangre, los cuerpos mancillados, los muertos, las explosiones, las catástrofes “naturales”, lo demás es normal.

Me atreví a mostrarme desnuda, me atreví a hilar tres ideas medianamente coherentes y publicarlas en el feis. En principio pronosticaba reacciones de desaprobación, insultos tal vez… pero no, llovieron los “me gusta”, me tirotearon con cámaras, me miraron con aprobación, me llamaron valiente, se querían tomar la foto conmigo, me entrevistaron, querían mi testimonio, querían saber de dónde salí, y debo reconocer que por un instante me sentí esperanzada, sentí que no estaba sola. Sólo por mostrar mis pechos (o más bien mis pezones que al parecer es lo que llama la atención) como si de magia se tratara, fui visible para todos.

Leí por ahí: Estaban las de siempre, como Martha Lamas, las chavas de Atrévete DF, quienes convocaron, pero también las que por primera vez marchaban, como Joyce quien con el torso desnudo y los pezones morenos a pleno sol, tiró la pena y se tragó el miedo para exigir respeto a través de su denuncia marcada con labial negro: “MI cuerpo”. Pues sepan que llevo años marchando, era una niñita apenas cuando cada 2 de octubre coreaba el “no se olvida”, marché con los Zapatistas y por la educación pública, hice guardias bajo la lluvia con el CGH, pasé un domingo bajo el sol en una casilla de la consulta Zapatista, me quedé sin voz coreando consignas a todo pulmón, pero por supuesto nadie nunca me tomó fotos ni me  pidió testimonio. Con el tiempo, como muchos jóvenes, dejé de marchar al ver lo inofensivo que era, o peor, lo perverso que resultaba el hecho de que al final de cada marcha la mayoría regresaba a casa satisfecha y con la indignación desahogada (domesticada).

Mis padres siempre se enorgullecieron de su “Izquierdismo”, de salir a marchar aunque a veces tuviéramos que “pedir un raid” para llegar, de educar muy bien a sus hijitas, pobres pero estudiosas, pobres pero bien limpiecitas, pobres pero con conciencia crítica, pobres pero que defienden sus ideas…que buenas intensiones!! Pero crecí y vi cómo el grito Zapatista era silenciado, vi las discusiones de mercado entre la izquierda y la derecha mexicanas y dejó de parecerme clara la diferencia, vi cómo los “compañeros” de los discursos enardecidos y revolucionarios se fueron acomodando en el sistema que tanto criticaban, y como muchos jóvenes me quedé huérfana de revolución, que nostalgia me dan siempre los 60’s! pero a nosotros ya no nos tocaron los ideales que tenía sentido defender o eso me creí.

Entonces dejé de marchar y de ver las noticias, dejé de votar y de creer en ”política”, me preocupé mejor por ser una buena estudiante. Y como si me fuera la vida en ello, me convertí en la joven responsable, buena alumna, puntual y con todos esos atributos que a la gente buena tanto le gusta admirar y alentar. Pero la verdad es que eso no me va, me anula, me hace desear una muerte pronta, me desgasta, me castra y al final no me cuadran que se diga eso de que cada cabeza es un mundo y demás pero que igual todos tengamos que entrar en los mismos estrechísimos esquemas. Y es así como hoy, de “estudiante modelo” me he convertido en una paria, sí por decisión propia pero también porque en este sistema todo lo que se sale del “buen camino” es condenado y marginado.

Es desde ahí desde donde decidí salir a la calle a mostrar mi cuerpo, de paria, de mujer, de mexicana (tercer mundista), de universitaria, de desempleada, más pobre y precaria que nunca, pero también insólitamente más dueña de mi misma. Para no creerme que soy invisible, para no creer que tengo que vivir con pena y con miedo, para recordarme a mi misma que tengo derecho a existir y a no tragarme tanta violencia.

Y vi las caras de much@s que se preguntaban de dónde sacaba yo el valor de mostrarme así, ¿de dónde? De la derrota, de la desesperanza, del desaliento, del desencanto de un mundo que parece no creer en mi, donde lo único que me queda es mi cuerpo y mis ideas para resistirme a tanta violencia y no me refiero a la violencia que mancha de sangre, si no a la violencia que desmoraliza, que insensibiliza, que me etiqueta como la disfunción que confirma la regla, que me anula y se empeña en hacerme invisible.

Hoy por al mañana me levanto y después del tiroteo de fotos de la tarde anterior supongo que mi imagen desnuda rodará por todos lados y con algo de pena me pregunto como habrán redactado mis poco elocuentes respuestas a las entrevistas que me cayeron de sorpresa. Me sorprendió no encontrar las fotos, pero más me debería sorprender mi ingenuidad de no entender que la imagen de una mujer que muestra su cuerpo libre y sin miedo deba ser censurada, mientras que las miles de imágenes de mujeres minimizadas como OBJETO sexual sean tan bien acogidas por los medios.

No ENTIENDO qué hay de peligroso en mis pechos o como dicen por ahí mis pezones morenos, no lo entiendo y me niego a hacerlo, me niego a adaptarme, me niego a integrarme, me niego a “madurar y aceptar que la realidad es así” (como alguna vez me dijeron), me niego a ser machacada con tanta violencia sin oponer ninguna resistencia (o como digo a veces en broma, sin regresar el golpe), me niego y me lleno de rabia como último recurso, por aferrarme a una vida que me enorgullezca llamar MIA y no entregarme a la frustración, las tristeza y el cansancio.

Es así como me he convertido en un monstruo que apenas reconozco, que se muere por alardear y repartir improperios. Y soy la primera en sorprenderse de mi monstruosidad porque la verdad soy más de una alegría tranquila, prefiero estar a gusto, no molestar para que no me vengan a fastidiar, hacerme la bien portada y no buscarme problemas, pero me jodieron de más y me obligaron a renunciar a la tranquilidad por aferrarme a la Vida. Despertaron mi furia y ahora tomo turno para ser yo la que joda, la que señala disfunciones, la que violenta, la que se burla y todo lo que se me vaya ocurriendo en el camino. Pero también furiosa y llena de rabia extiendo mi mano amorosa a todos mis “congéneres” monstruos y les declaro mi amor loco y fiel esperando que adopten a esta huérfana de causa y rebelión…

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